Existe una cierta unanimidad en que los verdaderos efectos de la crisis subprime y de crédito que azota a la mayoría de los mercados de todo el mundo están aún por conocerse. Incluso cuando éstos sean del dominio público será el tiempo, como suele suceder, quien permita calibrar la magnitud real de este periodo de incertidumbre. Más allá de este cuestión, lo que sí parece una realidad indiscutible es que España pierde gas en dos sentidos.
Por un lado, y más aún en un mercado tan globalizado, recibe las consecuencias perniciosas del deteriorado contexto mundial. Por otro, la economía nacional encara su primer frenazo desde 1993, con una violenta y profunda desaceleración en el sector de la construcción, hasta ahora clave.
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Cabe recordar que en aquel momento, hace quince años, la inflación estaba en el 4,6%; el paro, cerca del 24 por ciento; y el Producto Interior Bruto (PIB) alcanzaba, a cierre del ejercicio de 1993, el 5,2%, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).
Mientras, hoy, el Índice de Precios al Consumo (IPC) ya llega al 4,3%, con clara tendencia al alza -el adelantado ya marca el 4,7%-; la tasa de desempleo se sitúa en el 9,63%; y, finalmente, la economía crece al 2,7%, apuntando unas previsiones aún más deterioradas.
En este sentido, y siempre con las cifras de crecimiento en la mano, España se enfrenta a uno de los momentos económicos más delicados desde 1993 y, lo que es más grave, con visos de que la cosa vaya a peor. Los números en las tres magnitudes mencionadas así lo atestiguan.
Ante tal tesitura, cabe plantearse multitud de cuestiones, pero una pregunta clave subyace en el fondo del asunto: ¿están preparados los primeros ejecutivos de las grandes corporaciones para lidiar con tal mihura? ¿Poseen la suficiente experiencia y conocimiento para afrontar esta extraordinaria situación.
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Javier Moronatti 13/06/2008




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