Hemos oído repetir con frecuencia a nuestros mayores que "el trabajo no mata". Lo decían como un rechazo a la holgazanería, una buena disposición a no regatear esfuerzos en las tareas encomendadas.
Era, en definitiva, una declaración de honestidad. Y la expresión se entendía bien en una cultura que valora el tiempo dedicado a la familia, a los amigos y al ocio. Se trabaja para poder vivir, y no al revés. Esto está cambiando en muchos países, y la globalización nos lo trae a empellones: el trabajo ya no es un instrumento sino una cultura: el trabajador ha de ser líder, audaz, innovador, solidario y fiel, muy fiel a la empresa, que ya se encargará de ofrecerle café, zumo, gimnasio, pista de paddle, salón de videojuegos y colchón. No se preocupe, es la misma empresa que suscribirá un convenio con la Administración o los sindicatos para conciliar la vida familiar y laboral, que para eso estamos en la Europa social.
Un ingeniero de Toyota se ha muerto por exceso de trabajo. Tenía 45 años, pero su reloj biológico no daba para más: trabajaba día, noche y fines de semana, haciendo hasta 80 horas extra al mes. Ha habido más casos como éste en Japón en los últimos años, dando lugar a un fenómeno que han bautizado como karoshi. En ese país, por influencia del Budismo, el acto de trabajar es aceptado como una disciplina espiritual.
Más información en....
http://www.elcorreogallego.es/index.php?option=com_content&task=blogsection&id=24&Itemid=160&idMenu=13&idNoticia=322565
12.07.2008
JESÚS FONTENLA PERIODISTA



Los comentarios están cerrados